MIEDOS INFANTILES
Toda infancia tiene sus miedos. Y la mía, estuvo delimitada por el castigo de Dios, el hombre del saco, el hombre con más ojos que días tiene el año, la Verónica y los canutos, las callejas solitarias y los tejados juntándose al llegar la noche. Estos son los que recuerdo, por lo tanto creo que deben ser los que tuve.
El castigo de Dios dejó en mi su huella después de que me mandasen al rosario y yo me fuese, impulsado no sé bien por qué razón, a tirar piedras a la glera. Las peleas entre barrios acababan así. Aquel día volví a casa con un ojo menos. Las piedras, que no los tienen, se habían llevado uno de los míos. (Con el tiempo pude recuperarlo)
El hombre del saco te dejaba ver su sombra alargada cada vez que pretendías llegar tarde a casa después de una excursión por los alrededores: el sauco, Santa Bárbara, el molino, el cardizal, Allende, ...
La intranquilidad por el hombre con más ojos que días tiene el año duraba poco y era muy puntual. El último día del año lo más que me acercaba a la parada del Pepón era la plaza de La Verdura. Desde allí hacía pequeñas incursiones hasta el Echaurren, siempre con las piernas dispuestas para salir corriendo en cualquier momento.
La Verónica y los canutos eran personas normales del pueblo con algunas excentricidades según mi percepción infantil. La Verónica podía aparecer con sus ropas de trabajo y un pañuelo en la cabeza, acompañada de su perro, en medio de una procesión. Los canutos daban las notas de color en fiestas tan desmadradas como las de Santa Bárbara. Se agarraban a un paraguas e iban de aquí para allá provocando las carcajadas entre la gente.
Ezcaray estaba lleno de callejas que separaban unas huertas de otras. A veces ir por la calle principal suponía un rodeo que no siempre quería uno dar. Así que tomar una calleja era una buena solución. Pero con paso ligero.
Y me faltan los tejados. Cuando comenzaba a anochecer siempre controlabas la luz porque había que estar pronto en casa. Antes de que la noche juntase los tejados. A veces el problema venía si una tormenta te obligaba a quedarte refugiado en algún portal. Siempre era preferible mojarse.
¿Y los tuyos? ¿Tus miedos infantiles? ¿Recuerdas alguno?






angelsinalas dijo
El castigo de Dios también dejó huella en mí, ya lo creo y mas habiendome educado hasta los 18 años en un colegio de religiosas....ya te puedes imaginar, Javier, como pudo ser.
El hombre del saco, también estaba en mi vida, y el coco, sobre todo, el coco, que venía por las noches y te llevaba si no te portabas bien.
Y también el miedo al castigo que podían hacer en casa, si llegaba tarde y no cumplía un horario establecido....por lo que intentaba cumplirlo siempre, porque eran muy estrictos.
Excelente post.
Besos.
PD: nos tenemos olvidados ¿no?
21 Abril 2007 | 08:58 PM