MIS LECTURAS DE ESTE VERANO
Una de las cosas que espera uno poder hacer cuando llegan las vacaciones es leer. Así que este verano, para no ser una excepción, he leído. No suelo planificar mucho esas lecturas. Acumulo algunos libros. Me llegan a través de diferentes blogs algunas referencias y ese es el punto de partida.
Como novela me he entretenido con el lenguaje preciso de Alvaro Pombo en su "La Fortuna de Martina Turpin". Me he quedado a medias en "Inés del alma mía". Espero acabarla aunque tengamos ya el curso en marcha.
Luego he descubierto varios libros de Italo Calvino: "Las ciudades invisibles", "Mundo escrito y mundo no escrito" y "Por qué leer los clásicos".
Y he puesto especial interés en libros de relatos cortos que no conocía y que son relevantes: Carver, Vila-Matas, Bolaño, Trueba, Tizón, ... Aunque al igual que las novelas son narraciones, tienen un "toque" especial que los diferencia radicalmente. En las novelas entras poco a poco, a base de detalles y detalles que te reconstruyen los ambientes y los personajes. Ese ritmo lento te permite disfrutar del lenguaje y de la realidad ficticia que el autor va construyendo alrededor. No importa que estés dos semanas o tres o muchas más, leyendo una misma novela. Todo lo que en ella se te cuenta permanece ahí por ese tiempo y mucho más.
En los relatos se lee con otro ritmo, con otras expectativas. Sucede todo de forma menos global. El autor te lleva por una senda estrecha de la que rara vez se aleja y te lleva vertiginosamente hasta un final sorprendente. Es, igualmente, una narración y, sin embargo, es otra cosa.
No es mucho. Lo sé. Peor podría haber sido. A veces con los buenos propósitos lectores pasan cosas como ésta que nos relataba Calvino en 1952:(perdón por la extensión del texto. No he encontrado otra forma de transmitirlo. Podéis imprimirlo y leerlo con tranquilidad)
El buen Lector espera las vacaciones con impaciencia. Para las semanas que pasará en una solitaria localidad marítima o montañosa ha reservado cierto número de lecturas de las que más le gustan y saborea por anticipado el placer de las siestas a la sombra, el crujir de las páginas el abandonarse a la fascinación de otros mundos a través de las tupidas líneas de los capítulos.
En cuanto se acercan las vacaciones, el Buen Lector se da una vuelta por las librerías, hojea, olfatea, se lo piensa, vuelve al día siguiente y compra; en su casa saca de las estanterías volúmenes aún intactos y los alinea entre los sujetalibros de su escritorio.
Es la época en que el alpinismo sueña con la montaña que pronto escalará, y también el Buen Lector elige su montaña para dejarse la piel en ella. Por poner un ejemplo, se trata de uno de los grandes novelistas del siglo XIX, del que nunca podrá decirse que se haya leído todo, cuya mole siempre impuso un poco de respeto al Buen Lector, o cuyas lecturas hechas en épocas y edades dispares dejaron unos recuerdos demasiado confusos. Este verano, por fin, el Buen Lector está decidido a leer de verdad a este autor; quizá no pueda leerlo todo durante las vacaciones, pero en esas semanas atesorará una base inicial de lecturas fundamentales, y después, durante el resto del año, podrá colmar fácilmente y sin prisas el resto de sus lagunas. Entonces buscará las obras que pretenda leer en sus versiones originales, si se trata de una lengua que conozca, o si no, en la mejor traducción; prefiere los gruesos volúmenes de las ediciones de obras completas pero no desdeña libros de bolsillo, más apropiados para leer en la playa, bajo los árboles o en el autocar. Añade algún buen ensayo o quizá un buen epistolario: tendrá compañía asegurada durante las vacaciones. Podrá granizar todo el tiempo. Los compañeros de viaje podrán resultar odiosos, los mosquitos podrán no darle tregua y la comida ser incomestible: las vacaciones no habrán sido en vano y el Buen Lector regresará enriquecido de un nuevo mundo fantástico.
Se entiende que esto no es más que el plato principal, luego habrá que pensar en la guarnición. Están las últimas novedades editoriales de las que el Buen Lector quiere ponerse al día, así como las nuevas publicaciones en su ramo profesional, y para leerlas es imprescindible aprovechar esos días; y también hay que escoger algún libro de características distintas a todos los demás ya escogidos para variar y tener la posibilidad de frecuentes interrupciones, pausas y cambios de registro. Ahora el Buen Lector tiene ante sí un plan detalladísimo de lecturas para todas las ocasiones, horas del día y estados de ánimo. Si encuentra una casa de vacaciones, quizá una casa antigua llena de recuerdos de infancia, ¿puede haber algo más bonito que colocar un libro en cada habitación, uno en el porche, otro en la mesilla de noche, otro en la hamaca?
Es la víspera de la partida. Los libros escogidos son tantos que para transportarlos necesitaría un baúl. Comienza la labor de limpieza: “En cualquier caso éste no lo iba a leer, éste es demasiado pesado, éste no es urgente”, y la montaña de libros se desmorona, se reduce a la mitad, a un tercio. De este modo, el Buen Lector, se encuentra con una selección de lecturas esenciales que darán lustre a sus vacaciones. Después de hacer las maletas, todavía se quedan fuera algunos volúmenes. El programa acaba reducido a unas pocas lecturas pero todas sustanciosas: estas vacaciones serán una etapa importante en la evolución espiritual del Buen Lector.
Los días empiezan a pasar deprisa. El Buen Lector se halla en excelente forma para hacer deporte y acumula energías a fin de alcanzar la condición física ideal para leer. Pero después de comer le entra tanto sueño que se queda dormido toda la tarde. Hay que hacer algo y para ello es de gran ayuda la compañía, que este año es insólitamente agradable. El Buen Lector hace muchas amistades y se pasa mañana y tarde en barca, de excursión, y al anochecer se va de juerga hasta muy tarde. Por supuesto para leer se requiere soledad: el Buen Lector medita un plan para escabullirse. Alimentar su inclinación por una joven rubia puede ser el mejor camino. Pero con la joven rubia se pasa la mañana jugando al tenis, la tarde jugando a la canasta, y la noche bailando. En los momentos de descanso ella no se calla nunca.
Las vacaciones han terminado. El Buen Lector vuelve a colocar los libros intactos en la maleta, piensa en el otoño, en el invierno, en los rápidos y cortos cuartos de hora que dedicará a la lectura antes de dormirse, antes de salir corriendo de la oficina, en el tranvía, en la sala de espera del dentista ...
La pregunta es si la lectura tiene prioridad sobre la vida, si la vida está muy por encima de la literatura, si son dos conceptos distintos o son complementarios, .. Cada uno se lo resuelve como quiere.



Antonio dijo
A mí me aburrió Álvaro Pombo y dejé su libro a mitad (quizá también por el fastidio de ser un libro premiado por Planeta). En cambio soy devoto lector de Calvino.
7 Septiembre 2007 | 06:26 PM