ECHARSE AL MONTE
Son varios los montes, las montañas que rodean Ezcaray. Y cada uno de ellos es diferente. El Borreguil siempre fue la espalda de todos ellos. Está cerca y sin embargo en contadas ocasiones subí a él. Tal vez en algún madrugón otoñal esperando el paso de las palomas migratorias.
A Santa Bárbara fui con más frecuencia. Unas veces por la senda directa en zig zag, otras dando el rodeo desde el sauco y llegando hasta el pinar, misterioso pinar poblado de seres fantasiosos. A Santa Bárbara se subía y se bajaba. Y siempre con cuidado para no caer en alguna moñiga (boñiga) de vaca. Puntualmente recuerdo a mi abuelo Dionisio dando algunas capeas a un toro imaginario en alguna comida campestre.
A la picota de San Torcuato tampoco llegué a subir de crío. Luego alguna vez sí. En esa dirección lo divertido era llegar hasta Allende y quedarse allí jugando a mil cosas, sobre todo a pillar y al escondite.
El monte de mis fantasías infantiles fue La Picotilla de Tenorio. Tras pasar el Puente Canto, en un momento estabas en la era oculta y con un poco más de esfuerzo te adentrabas en castillos y mazmorras que los entrantes y salientes de las rocas generaban. Desde mi perspectiva actual La Picotilla no es nada, apenas la ves, ocultada por la silueta de la montaña que tiene detrás. Pero entonces lo era todo y lo tenía todo: pasadizos, escondites, peligrosos despeñaderos, lugares inaccesibles,... ¡Cómo trabajaba la imaginación entre sus rocas de juguete! Y cuando empezaba a oscurecer, en un momento, llegabas a casa.
En tus recuerdos tienes una montaña así, seguro, más alta o más baja, con más o menos rocas, ... Y en ella se sucedían aventuras incontables, seguro, ...


Víctor Montero dijo
De pequeño vivía en Barcelona, en el centro de la ciudad, y así hasta los 12 años, así que para mi, montañas, pocas. jejeje
21 Noviembre 2007 | 10:35 PM